Justicia y Misericordia

Justicia sin misericordia es crueldad y misericordia sin justicia genera disolución”. Sto. Tomás de Aquino.

“Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalem. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Entonces Jesús entró tranquilamente, echó un vistazo a su alrededor, y dijo con voz pausada y suave: paz y amor, amigos. Lo que estáis haciendo no está bien, pero yo os perdono. Cuando os venga bien, retiráis todo esto de aquí, eso sí sin acritud.”

Suena raro, ¿verdad? Claro, porque esto no es lo que ocurrió. Esta no es la verdadera historia. Lo que realmente sucedió fue así, según nos lo cuenta Juan en su Evangelio (los demás evangelistas lo narran de forma muy similar):

“Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalem. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.”

Imagino a Jesús realmente enfadado, dando gritos y volcando mesas, e imagino a los Apóstoles asustados ante tal reacción (pero entendiendo después que lo sagrado no puede ser violado sin consecuencias).

Esta mañana he leído en Twitter un comentario de un sacerdote. Afirmaba que la asociación de abogados cristianos que ha denunciado a Willy Toledo por ciscarse en lo más sagrado no representa a la Iglesia, y que lo único que buscan es la confrontación y la crispación, en aras de sus intereses particulares. Al leerlo me ha acordado del pasaje del Evangelio que comparto, y he pensado que quizá a ese sacerdote le hubiera gustado que la historia se desarrollara tal como la muestro en el primer supuesto. Pero no, por desgracia -para él, y para muchos otros católicos que confunden misericordia con blandenguería, o con pusilanimidad-, la reacción de Jesús fue bien distinta. Cristo, literalmente, se lió a palos con los que estaban profanando la Casa de su Padre. No se le ocurrió pedirles por favor que se fueran de allí. Ni presentó una queja formal a los sumos sacerdotes. No. Lo que estaba ocurriendo allí era lo suficientemente grave como para que Jesús se enfadara de verdad y actuara con ira. La santa y justa ira de Cristo.

Y entonces, ¿qué pretenden algunos? ¿Que los católicos nos quedemos cruzados de brazos contemplando cómo nos atacan, cómo pretenden sacarnos de la vida pública, cómo intentan defenestrar aquello en lo que creemos, cómo nos insultan, nos mancillan, nos agreden, se burlan de nosotros y de nuestra fe? No digo que nos liemos a palos con Willy Toledo, o con Rita Maestre, o con tantos y tantos que hoy apelan a la libertad de expresión para agredir a la Iglesia Católica (eso sí, que a nadie se le ocurra apelar a las leyes de la biología para contradecir la ideología de género, porque entonces estará incurriendo en un delito de odio). No prendo que utilicemos la misma violencia que ellos, ni física ni verbal. Pero qué menos que no callarnos, qué menos que acudir a los tribunales para defender nuestro honor, qué menos que hacernos respetar y ejercer nuestro derecho de hacer pública nuestra fe.

El mundo no está en peligro por las malas personas, dijo Einstein, sino por aquellas que permiten la maldad. Pues bien, si permitimos que nos ataquen, si pretendemos arreglar todo a base de paz y amor, si nos acomplejamos y no defendemos nuestros derechos, estaremos permitiendo que el mal avance. Y, por tanto, estaremos siendo cómplices de ese mal. No podemos permitir que nadie se cague en Dios ni en nuestros símbolos; no podemos entender como algo comprensible (como también oí decir a este sacerdote) que a los curas les llamen pederastas (es, sin duda, horrible, que algunos sacerdotes se aprovechen de su condición para hacer daño a otras personas, pero esas alimañas no representan ni el 2% de los sacerdotes de la Iglesia Católica y no deben pagar justos por pecadores); no podemos permitir que asalten capillas ni que profanen sagrarios; no podemos permitir que nos avasallen, nos insulten, nos denigren o nos menosprecien, por el mero hecho de ser católicos.

La misericordia no está reñida con la justicia. Es más, para que haya perdón ha de haber antes justicia. También ha de haber arrepentimiento, y propósito de la enmienda. Vete y no peques más, le dijo Cristo a la mujer adúltera. No le dijo, vete, y haz lo que te dé la gana. Sin justicia no hay perdón. Sin arrepentimiento no hay misericordia. Y mientras haya católicos, ya sean laicos, sacerdotes, monjas o hasta el mismo Papa, que no entiendan esto, la Iglesia Católica seguirá siendo el hazmerreír del mundo. Y mientras, el Maligno se frotará las manos y continuará su avance sin que nadie le haga frente.

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La familia

Una casa sin hijos es una colmena sin abejas. Víctor Hugo.

A veces escucho decir, a parejas jóvenes o a personas solteras, que no quieren tener hijos. Y no lo entiendo. Respeto lo que cada uno quiera hacer con su vida, faltaría más. Pero no puedo entenderlo. Tengo cuarenta y cinco años, y mi mayor pena, mi mayor frustración, es no haberme casado y no haber formado una familia. No sé si Dios querrá que algún día eso ocurra (“mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril“), pero de momento no ha ocurrido y, como digo, me invade la tristeza cuando lo pienso. También me llena de angustia. Me llena de angustia imaginar un futuro en soledad, sin una familia con la que compartir las cosas pequeñas de cada día, y también las grandes. Sin una mujer a la que dar las buenas noches cada día, y los buenos días, sin unos hijos que llenen el hogar de risas, de gritos, de algarabía, de alegría.

Pienso ahora en detalles aparentemente tontos, pero que cobran gran importancia cuando uno, anhelando vivir en familia, imagina la vida solo. El sonido del ascensor seguido del tintineo de las llaves y la puerta abriendo y cerrando; las cenas todos juntos, cada uno contando cómo le ha ido el día; el crujido de unas pisadas en mitad de la noche  de alguien yendo al cuarto de baño; la preparación de las vacaciones, cada uno aportando sus ideas y sus deseos; los desayunos de domingo antes de ir a misa, y los aperitivos de después; la reunión de los viernes por la noche en el salón, apretujados en el sofá, después de una semana dura, haciendo planes para el fin de semana; los viajes, tras los cuales deseaba llegar a casa a contar a mis padres cómo me fue y enseñarles un montón de fotos… En fin, mil detalles, que si uno vive solo se esfuman, desaparecen dejando tras de si un profundo poso de nostalgia y de tristeza.

Los niños son la sal de la vida, la alegría del presente y la seguridad del futuro. Son, además, el indicador de una sociedad sana. No hay más que mirar lo que ocurre en las sociedades en las que escasean, por ejemplo la nuestra. Peligran las pensiones, las pirámides demográficas se invierten, las ciudades se vuelven viejas, tristes, cansadas.

Los mejores momentos de mi vida los recuerdo, y los sigo viviendo, en familia. Con mis padres y con mis hermanos. Hoy día doy gracias a Dios por la convivencia con mis padres, y cuando no están en casa, aun sin a veces darme cuenta, los echo de menos. Doy gracias también por la presencia de mis sobrinos, que alegran la casa tantos domingos. Y a la vez… siento miedo, pánico a veces, al imaginar un futuro en soledad. Sin ese sonido de la puerta cuando alguien llega. Sin nadie esperando en casa cuando llegas del trabajo (o sin nadie a quien esperar). Cocinando para mí solo, pensando en lo dichoso que sería hacerlo para unos cuantos más. Sin alguien que me cuide cuando esté enfermo, y, sobre todo, cuando esté viejo. Sin tantas cosas, sin tantos detalles, que regala a diario una familia, con tantas ausencias que lleva consigo la soledad.

Dijo André Maurois, un novelista y ensayista francés, que “sin una familia, el hombre, solo en el mundo, tiembla de frío“. Así me siento yo cuando estoy solo, aunque, hoy día, con la alegría del regreso de mis padres cuando están fuera. Así temo sentirme en un futuro, y sí, tiemblo de frío, tiemblo de miedo, tiemblo de desesperanza, y le pido a Dios que no ocurra. Por eso, no, no puedo entender que alguien, por propia elección, decida no tener hijos. Aunque lo respete.

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Personas e ideas

Intento comprender la verdad, aunque esto comprometa mi ideología. Graham Greene
He estado releyendo artículos antiguos que escribí en mis diferentes blogs. Y he encontrado en algunos de esos artículos comentarios. Comentarios bellos que me dejaron personas bellas. Personas que me apreciaban y apreciaban lo que yo escribía. Hasta que descubrieron que soy facha. O sea, hasta que descubrieron que tengo ideas diferentes a las suyas, y que no son, precisamente, las ideas que hoy están de moda. Entonces dejaron de leerme, y se apartaron de mi vida.
Gracias a Dios, hay también algunas personas que, a pesar de pensar diferente -radicalmente diferente-, me siguen apreciando, me siguen leyendo y siguen, de alguna manera, a mi lado. Esas personas son las que merecen la pena. Doy gracias a Dios porque hay gente para la que las personas están por encima de las ideas.
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¡Respira!

El mundo nos rompe a todos, pero después, muchos se vuelven fuertes en los lugares rotos. Ernest Hemingway

¿Cómo va tu verano? El mío, si te digo la verdad, un poco raro. Con muchos vaivenes, subidas, bajadas, luchando contra mis fantasmas. Es precisamente esa lucha la que me ha traído hoy hasta aquí. ¿Recuerdas alguno de esos momentos -quizá lo estés viviendo ahora- en los que parece que la vida te pasa por encima? ¿Esos momentos en los que si tratas de mirar hacia adelante sólo ves un camino oscuro, lleno de obstáculos, de baches, un camino que no te atreves a recorrer? Hay veces en las que ocurre algo -te echan del trabajo, tu pareja te dice adiós, un familiar enferma gravemente- que parece que acaba con tu vida.

Pero no, la vida sigue. La mente, los pensamientos, te dicen que no, que todo ha acabado, que no eres capaz de continuar el camino. No hagas caso. Recuerda que no somos sólo intelecto, lenguaje. Somos también emoción, y somos cuerpo. Es ahora, en estos momentos oscuros, en los que debes poner en juego a tu cuerpo, y activar emociones “positivas”. Lo pongo entre comillas porque, erróneamente, pensamos que la alegría (por ejemplo) es una emoción positiva y el miedo lo es negativa; pero todas las emociones son buenas, en cuanto nos traen un mensaje, que si sabemos escuchar,  nos ayuda a sobrevivir. Lo que debemos aprender es a “sintonizar” las emociones. Igual que cambias de emisora de radio, o de canal de TV, también puedes cambiar de emoción. Ahora te dominan tus miedos. Están todos puestos en pie, y le dicen a tu mente, te dicen a ti, que no puedes. Pero no es momento, como decía, de escuchar a tu mente. Es momento de buscar la fuerza que llevas dentro y pegar un salto hacia adelante. No busques razones para hacerlo. Ya aparecerán más tarde. Ahora, simplemente, camina.

Imagina un escalador colgado de una pared. Está allí, solo, y de pronto no sabe cómo seguir.  Siente miedo. Sudores fríos. Le tiemblan las piernas. No encuentra el siguiente apoyo que le permita continuar. ¿Crees que le va a servir de mucha ayuda ponerse a razonar? ¡No! Te lo digo por experiencia. Alguna vez, cuando escalaba, me encontré en esa situación. No sirven de nada los razonamientos. Entre otras cosas, porque lo único que te van a decir es que no puedes. Que por qué te has subido a esa pared. Que quién te manda. Que no se te vuelve a ocurrir, si es que consigues salir de esa. Así que no, lo mejor no es pensar. Tampoco mirar hacia abajo. Si de verdad quieres salir de allí, la única forma es mirar hacia arriba, coger impulso… y lanzar el brazo con todas tus fuerzas a ese punto de apoyo al que te parece imposible llegar. Te parece imposible, pero… ¡llegas! La adrenalina llena tus músculos y rebosas de fuerza. De nuevo todo cambia, amas la escalada y te sientes el hombre más fuerte del planeta.

En la vida es igual. No mires atrás. No te lamentes por lo que has perdido. No hagas caso a tu mente, que te dice que no puedes, que te has equivocado, que ya nunca más serás feliz. No hagas caso a esos miedos que tienes de pie delante de ti. O mejor, escúchalos, mira a ver qué tienen que decirte (te hablan de los recursos que necesitas para saltar por encima de ellos), y después espántalos. No con razonamientos. No con explicaciones de ningún tipo. No es así como funciona. Recuerda al escalador de la pared. Busca la fuerza dentro de ti… ¡y continúa!

Te propongo un ejercicio. Utiliza el vídeo que te dejo, o si lo prefieres, otra canción que a ti te valga. Una canción que te llene de fuerza. Levántate de tu asiento. Sube todo lo que puedas el volumen de tu aparato de música. Dale al play, y… ¡baila como si nunca más lo fueras a hacer! ¡Como si no te viera nadie! ¡Escucha cómo grita tu piel! ¡¡Grita!! ¡Respira, para aliviar tu dolor! ¡¡¡Respira para sentirte vivo!!! ¡¡Grita, respira, vive!!

Pincha aquí.

Cuando acabe la canción vuelve atrás y repite. Así unas cuántas veces. Siente cómo tus músculos se llenan de fuerza. De la fuerza que les da la adrenalina que te hace sentirte vivo de nuevo. Siente cómo ahora puedes comerte el mundo. Siente que no necesitas razones para ello. Las razones, los motivos, ya aparecerán después. Ahora sólo siente, vive, experimenta esa fuerza que va creciendo dentro de ti. Y si quieres, me cuentas cómo te ha ido. Si lo necesitas, me llamas, o me escribes, y lo luchamos juntos. ¡¡Vamos!!

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Una tortuga (macho) en apuros

Cuanto más se juzga menos se ama. Honoré de Balzac.

Se conocieron, el tortugo (llamémosle así, aunque suene raro, para no tener que estar todo el rato diciendo “tortuga macho”, que es más largo) y la tortuga, hace algunos meses. Hacían muchas cosas juntos, y, poco a poco, el amor iba creciendo entre ellos. Llegaron las primeras discusiones, y las fueron solventando. Pero el tiempo pasó, y, lejos de solucionar aquellas desavenencias, éstas se fueron incrementando. Hasta que llegó un momento en que la tensión entre ellos se podía cortar con cuchillo. Las discusiones eran cada vez más frecuentes, y, lo que es peor, más virulentas.

Entonces, el tortugo, que había permanecido fuera de su caparazón desde que conoció a su tortuga, empezó a esconderse dentro de él. Al principio estaba encerrado poco tiempo, y enseguida salía. Pero las discusiones hicieron que cada vez le costara más salir. El miedo del tortugo, según pasaban los días, era más y más grande. Cada vez que salía se llevaba un zarpazo, un mordisco, una dentellada, de su hasta hace poco amada tortuga. Estaba lleno de heridas, y, claro, empezó a estar cada vez más confuso y cada vez más temeroso. Quería pensar que todo aquello podría tener arreglo, pero… por otro lado, tenía mucho miedo. Para ser más exactos, tenía dos miedos antagónicos: temía perder a aquella tortuga con la que había soñado una vida feliz, quedarse solo y tener que afrontar el resto de sus días en soledad. Pero temía también una vida plagada de discusiones y malos modos si seguía en compañía de su tortuga.

Y así tenemos a nuestro querido tortugo: encerrado en su caparazón, queriendo salir de él pero sin atreverse a ello por miedo a otro zarpazo.

Esta es la historia de unas tortugas, que se asemeja a las historias de muchas personas que nos rodean. A veces nos encontramos personas que viven encerradas en su caparazón, y enseguida tendemos a juzgarlas. Pues bien, antes de juzgar, quizá habría que preguntarse por qué no salen de ese caparazón. Quizá querrían hacerlo y no se atreven. Quizá no saben cómo hacerlo. Quizá necesitan cariño, amor, comprensión, en lugar de juicios, críticas y pescozones. Quizá ya se han sentido demasiado rechazados y temen salir y que alguien les vuelva a rechazar.

A veces vemos las vidas de los demás desde nuestro cómodo sillón y no somos capaces de levantarnos y ponernos en el lugar de ellos. Quizá si lo hiciéramos nuestra perspectiva cambiaría. Y quizá, entonces, habría menos personas encerradas en sus caparazones. Quizá.

P.S.: no tiene nada que ver con lo que acabo de escribir, pero… quería aclarar algo. Hace dos o tres artículos anuncié un cambio de rumbo en este blog. Temo que eso ha sido mal interpretado por algunas personas (o quizá yo no me expliqué lo suficientemente bien), que han pensado que yo reniego ahora del coaching. Nada más lejos de la realidad. A mí el coaching me ha ayudado, y pienso que yo también puedo ayudar a otras personas a través del coaching. Creo que es una herramienta poderosa que puede servir a mucha gente. Lo que pretendía decir en aquel artículo es que, a diferencia de lo que he hecho hasta ahora, quiero no separar mis convicciones religiosas del coaching. Creo (sé, porque lo he comprobado en mi vida) que la fe es una herramienta muy poderosa, y que no hay que separarla de la vida pública. Creo que la religión católica es un camino maravilloso de felicidad y encuentro con Dios y con los demás. Creo que una buena Confesión libera de muchas cargas y ayuda a caminar más liviano. Creo que la Comunión frecuente (estando en Gracia de Dios), es el mejor de los alimentos y la forma más auténtica de vivir la vida con mayúsculas. Pero todo eso no quita para que un católico pueda apoyarse en el coaching (o en la psicología, o en la medicina, o en las conversaciones con los amigos…) para conseguir determinadas metas en su vida. No es, de ninguna manera, incompatible una cosa con la otra.

En lo que no creo es en determinadas pseudoespiritualidades que a veces se mezclan con el coaching. Pero eso es otra historia. Eso, para mí, no es coaching.

Ya me despido. Voy a ver si encuentro la forma de ayudar al tortugo de nuestra historia a salir del caparazón. Si se os ocurre alguna idea, será bienvenida.

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¿Te sientes vacío?

Todo el que pide, recibe; el que busca, halla y al que llama, se le abrirá. Mt, 7-8

En el pasado artículo mencionaba un encuentro con Jaume Vives, creador del documental “Guardianes de la fe“. Un par de días después de conocerle, alguien me habló de un vídeo en el que el propio Jaume cuenta su pérdida de la fe, y su reencuentro con ella. Merece mucho la pena verlo, de principio a fin. Entre otras cosas, Jaume insiste en la necesidad de dar la cara por Cristo, de ser coherentes con nuestra fe.

Hay un afán entre los católicos, dice Jaume, de ser como todo el mundo. De no diferenciarnos. Que no vean que soy diferente, no sea que se enteren de que voy a misa, de que rezo, de que tengo determinadas ideas, y me señalen. Esto contrasta con la forma de vivir la fe de los cristianos perseguidos. Nosotros podemos pasar vergüenza por reconocernos católicos, y para evitar esa vergüenza negamos a Cristo. Ellos pueden perder sus posesiones, y hasta su vida, y sin embargo reconocen a Cristo. Su vida entera está vertebrada por la fe católica. Están dispuestos a perder todo, excepto la fe.

Negamos a Cristo, a diario, de mil formas diferentes. Por ejemplo, asistiendo a lugares, a espectáculos, a exposiciones, etc., en las que se ofende a Cristo. Yo no puedo estar a gusto, afirma de manera tajante Jaume, en un sitio en el que Cristo estaría llorando.

Negamos también a Cristo cuando ponemos mil excusas para no arrodillarnos en misa en el momento de la Consagración; lo negamos cuando eliminamos de nuestras iglesias los reclinatorios; lo negamos cuando oímos cómo se burlan de Él, o de su Iglesia, y permanecemos indiferentes; lo negamos cuando nos creamos una religión a la carta, cuando decimos “yo creo en Dios pero no en la Iglesia”, cuando elegimos cumplir unos preceptos de la religión católica y otros no, cuando no defendemos a nuestros sacerdotes… Y así podría seguir enumerando una y mil formas de negar a Jesucristo. Si de verdad quieres seguir a Cristo, si quieres que Él sea el centro de tu vida, busca todo aquello que te aparta de Él, y sácalo de tu vida. Verás como empiezas a ver las cosas de otra manera.

“Cuando más feliz he sido en mi vida, cuando más paz he tenido, ha sido cuando más cerca de Dios he estado”. Son palabras de Jaume, y yo las suscribo punto por punto. Cuando me alejo de Dios pierdo la paz y la alegría, me alejo de la felicidad. Puedes buscar la felicidad en muchos sitios, pero si la quieres encontrar de verdad, búscala en Cristo. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Fuera de Él quizá puedas encontrar muchos sucedáneos. Pero nada te llenará. Cuando creas saciarte con algo, enseguida volverás a sentir sed y te verás obligado a seguir buscando. Con Cristo no ocurre eso. Prueba, y verás.

Te invito a escuchar a Jaume pinchando en este enlace. Él lo cuenta mucho mejor que yo, y con más gracia. Merece la pena. Míralo, y después me cuentas.

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Un giro

Si estos callan, hablarán las piedras. Lc, 19-40.

Va a hacer ya seis meses que no paso por aquí. Seis meses sin escribir una sola línea. Seis meses, sin embargo, que no han sido de inactividad. Ha sido un tiempo en el que mi vida ha cambiado, y en el que he pensado, he reflexionado, he sacado conclusiones, y, finalmente, he tomado decisiones. Una, en concreto, afecta a este blog, al proyecto con el que lo inicié, a los temas sobre los que en adelante escribiré, y, especialmente, al fondo de los artículos que desde ahora leerá por aquí el que me quiera seguir en esta nueva etapa. Vamos, que voy a dar un giro importante al blog.

Hasta ahora me he centrado en el crecimiento personal, en el coaching, y sobre ello he escrito. Eso no está mal. En su momento me ayudó, y yo también he podido ayudar a otras personas. Sin embargo, mis reflexiones, mi oración personal, y las sugerencias de una persona muy importante de mi vida, me han hecho darme cuenta de que eso no es suficiente. Si echo la vista atrás, puedo ver muy clara la acción de Dios en mi vida. Es Él quien me mueve, es Él quien me sostiene, es Él el que me dio la vida, y el que me dio, entre otras cosas, una serie de talentos. Uno de ellos, dicen algunos, es la capacidad de escribir bien. A Dios le debo todo, también eso, mi afición por la literatura, mi gusto por la escritura, y la capacidad de hacerlo bien. Y puesto que a Él se lo debo, creo que es justo que yo le devuelva a Él al menos una parte de lo que me da. Y digo una pequeña parte, porque por mucho que yo le dé, nunca podría devolverle ni una milésima de lo que Él me da cada día.

Es por eso, que a partir de ahora, Dios va a estar muy presente en los artículos que escriba. Unas veces hablaré directamente de Él, otras trataré de blandir mi pluma para defender la fe católica, la fe que me dieron mis padres, mis abuelos y mis maestros, y por la que me siento muy orgulloso. En otras ocasiones daré mi opinión -que, a menudo, resultará políticamente incorrecta- sobre temas de actualidad. Creo que ha llegado el momento de decirlo alto y claro: soy católico, y quiero ser, con la gracia de Dios -sin ella nada es posible en esta vida- coherente con esa fe.

Llevaba un tiempo dando vueltas a este giro, y de pronto, ayer mismo, me surgió la oportunidad de asistir a la proyección de un documental sobre los cristianos perseguidos en Irak. “Guardianes de la fe” era el título, y Jaume Vives su presentador. Tanto la presentación de Jaume, como, especialmente, el documental, terminaron de convencerme de que era necesario ese cambio del que te hablo. En Irak, y en otras partes del mundo, matan a los cristianos por el mero hecho de serlo. Ellos, pudiendo renegar de su fe para salvarse de la muerte, no lo hacen. Prefieren ser asesinados en nombre de Cristo, o perder sus casas y todas sus posesiones, antes de renunciar a su fe. Mientras, en Occidente, nos avergonzamos de decir que somos católicos, lo ocultamos, casi pedimos perdón por ello. Y por eso, se nos pedirá cuentas al final de la vida. Nos las piden ya esos cristianos, que prefieren perder la vida antes que perder a Cristo.

No me enrollo más. Espero volver pronto, y no pasarme otros seis meses sin dar señales de vida. Te animo a seguirme, a comentar mis artículos, a preguntarme lo que se te ocurra, a criticarme (siempre desde el respeto, si no, no publicaré tu comentario)… Estoy a tu disposición.

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Pasión

No soy producto de mis circunstancias. Soy producto de mis decisiones. Steven Covey.

¿Qué es lo que verdaderamente te apasiona y da sentido a tu vida? ¿Cuánto de tu tiempo dedicas a esa actividad?

¿A qué dedicas la mayor parte del tiempo de tu día a día?

Esas dos actividades, ¿son la misma? Si la respuesta es sí, entonces felicidades, porque, con casi total seguridad, eres una persona feliz.

Si la respuesta es no, necesitas hacerte otra pregunta: ¿te gusta eso a lo que dedicas la mayor parte de tu tiempo? Y si no te gusta, ¿para qué lo haces? ¿A qué estás esperando para dedicar tu vida a aquello que realmente te apasiona? ¿Por qué no estás donde te gustaría estar? Cuanto más tardes en decidirte, más tiempo vas a tardar en ser feliz. También tienes otra opción: lograr que aquello a lo que te dedicas, eso que te da de comer, se convierta en tu pasión.

Puede haber múltiples factores que te impidan dedicarte a lo que te apasiona. Puedes haber respondido de muchas formas a la pregunta “¿a qué estás esperando para dedicarte a lo que verdaderamente te gusta?”. Pero si reflexionas, si eres sincero contigo mismo, si estás decidido a dejar de poner excusas, reconocerás que la única respuesta verdadera, en la mayoría de los casos, es “no me dedico a lo que me apasiona porque me da miedo”. Me da miedo soltar, me da miedo arriesgarme, me da miedo perder, me da miedo la inseguridad, me da miedo la incertidumbre, me da miedo que no salga bien, me da miedo quedarme en la calle, me da miedo… Me da miedo.

Parece una frase hecha, de esas que aparecen en los libros de autoayuda, o en bellas imágenes de puestas de sol, pero al otro lado de tus miedos está la vida. Al otro lado de tus miedos está el éxito. Y si no afrontas esos miedos, si no te decides de una vez por todas a hacerles frente, nunca llegarás a ese otro lado.

Si no tomas decisiones, alguien las tomará por ti. Y seguirás dejándote llevar, seguirás a la deriva, dejando que los vientos te lleven a donde ellos quieran. Seguirás quejándote de lo infeliz que eres, y seguirás no haciendo nada para ser feliz. Seguirás tumbado encima de ese clavo que tanto te molesta pero sin tomar la decisión de levantarte.

Cuando hay un porqué siempre hay un cómo. Lo dijo Nietzsche. Aunque da igual quién lo dijera. Lo importante es que es cierto. Si quieres algo, si lo quieres de verdad, encontrarás el camino y la forma de llegar a ello. Pero recuerda una cosa: la lógica no te llevará al éxito. Lo hará la pasión que pongas en ello. Como montañero, en ocasiones me he enfrentado a retos que, en algún momento del recorrido, se me han antojado imposibles. Lo que me ha llevado al éxito, lo que me ha ayudado a llegar a la cima de esa montaña, no ha sido la lógica. No ha sido pararme a pensar en las razones que tenía para seguir adelante. Ha sido el coraje. Ha sido la pasión. Ha sido, como dice un amigo mío, agarrarme de los pelos del pecho y tirar para adelante. No hay recompensa sin sacrificio. Nadie te va a llevar a lo más alto. Tienes que llegar tú, con tu esfuerzo y con tu tesón. Y a veces con la ayuda de los demás. Pero si tú no te pones en marcha, la ayuda de los demás no va a llegar.

No son los razonamientos los que rompen las cadenas del miedo, los que disipan las dudas. Ese tipo de decisiones no son racionales sino emocionales. Por eso necesitas poner en juego la pasión. Si te paras a pensar, no lo harás. Como dice el gran Chema Martínez, no lo pienses, corre. Si lo piensas, probablemente encontrarás algo mejor que hacer. Algo que te impida ponerte en marcha. Algo que te haga decir, mañana lo hago, mañana empiezo. Deja de quejarte, deja de poner excusas. Levántate y anda.

Si no lo intentas, nunca sabrás si podías haberlo conseguido. Es mejor arrepentirse de hacer que de no hacer. Porque lo primero tiene solución. Lo segundo, puede quedarse sin ella. Aunque te equivoques, sigue tomando decisiones. Hasta que aciertes. Es la única manera de avanzar. No te limites a sobrevivir, a ver la vida pasar. ¡Vive tu vida! No dejes que los vientos te lleven, gobiérnalos tú. Date una y otra oportunidad, en lugar de seguir negándotelas.

Por último, piensa lo siguiente: ¿dónde vas a estar dentro de unos años si sigues dejándote aferrar por tus miedos y tus dudas? ¿Es ahí donde quieres estar? Si la respuesta es sí, perfecto, sigue sin hacer nada. No tengo nada más que añadir. Pero si la respuesta es no, entonces te invito a lo siguiente: cada vez que tengas miedo a algo, ve a por ello, encáralo con determinación. No lo pienses, sólo actúa. Al principio será difícil. Pero poco a poco lo irás convirtiendo en un hábito y te irás aproximando a ese lugar al que realmente quieres llegar. Eso sí, recuerda que la felicidad no está en la meta (no sólo, al menos) sino en el camino. Audentes fortuna iuvat!

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Converso

Todos nos asomamos al mismo abismo. Raúl del Toro.

Si el Espíritu Santo entra en nuestra casa, ¿es posible hacer una película sobre Él?” Una frase, una pregunta, que no deja indiferente. O sí, porque las sensibilidades son infinitas. A quien no dejó indiferente la entrada del Espíritu Santo en su casa, en su familia, fue a David Arratibel, el director de “Converso”. En palabras suyas,

Toda mi familia se ha convertido a la fe católica.
La distancia con ellos se hacía cada día más grande, así que me propuse hacer una película para entender cómo el Espíritu Santo había entrado en sus vidas y, de alguna forma, también en la mía.
Una película de cariños, ausencias, vacíos y distancias.”

David era agnóstico cuando empezó a rodar la película, y sigue siendo agnóstico a día de hoy (que yo sepa). Sin embargo, su agnosticismo no le impidió acercarse al catolicismo, para tratar de entender qué le estaba pasando a su familia. O quizá fue precisamente ese agnosticismo el que le llevó a ello. Lo importante, lo interesante, es que Arratibel no se dejó llevar de unos prejuicios que a muchos nos impiden acercarnos a lo que no conocemos. Esos prejuicios que a algunos les impedirán ir al cine a ver esta magnífica película. Se perderán una obra de arte, y se perderán la oportunidad de aprender grandes lecciones de tolerancia, de diálogo, de cómo afrontar conversaciones pendientes.

No es sólo interesante que David se aproxime a conocer lo que les está ocurriendo a sus hermanas, a su madre y a su cuñado. Es que además, gracias a ello, también ellas conocen qué le ocurre a David, qué siente al no vivir el mismo proceso. Así, los espectadores tenemos la oportunidad de, de alguna manera, vivir una conversión desde dos puntos de vista: el del converso, y el del que no se convierte y no sólo no entiende nada sino que además puede llegar a sentirse extraño dentro de su propia familia.

“Converso” es una película que habla de la conversión de varias personas, las cuales nos cuentan su proceso. “Converso” es también una película que invita, como dice el propio Arratibel, a hablar de religión desde la normalidad. ¡Qué complicado! Religión, ese tema tabú que, junto con la política, provoca tantas discusiones en reuniones familiares. Ese tema prohibido que algunos quisieran relegar al ámbito de lo privado.

Quizá sea para eso, para animar a romper algunos tabúes, para lo que me animo a escribir sobre esta película en este blog, que es de coaching y crecimiento personal y no de religión. Por eso, y porque “Converso” también es una película sobre conversaciones pendientes. Esas conversaciones que no nos atrevemos a tener, y que vamos dejando día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hasta que al final se pierden las vidas y con ellas la oportunidad de rescatar esas conversaciones. Algo de eso es lo que le pasaba a la familia Arratibel, y que yo no voy a contar aquí porque lo hacen mucho mejor el director y su familia en la película.

Dejar conversaciones pendientes puede acabar produciendo heridas muy difíciles de curar; no atreverse a abordar determinadas conversaciones puede dejar para siempre cerradas algunas puertas que, de abrirlas, podrían llevarnos a escenarios de dicha insospechados; las conversaciones pendientes muchas veces separan familias, rompen amistades, impiden relaciones de amor necesarias para dar color a este mundo que a menudo es gris; las conversaciones pendientes nos impiden conocernos mejor, nos impiden saber de las inquietudes de los que nos rodean, de por qué creen lo que creen o no creen en aquello que nosotros vemos tan evidente. Una conversación, en fin, abre puertas, cierra las que hay que cerrar, ayuda a explorar mundos inexplorables, nos abre al mundo de las infinitas posibilidades.

David Arratibel, en esta película, nos habla de todo esto, y lo hace de una manera sencilla y a la vez profunda. “Converso” es emotiva y también divertida. Lloras y al minuto estás riendo. Piensas, piensas mucho. Te haces preguntas. Deseas ponerte en la piel de los personajes, acercarte a ellos, hacerles preguntas. “Converso”, en fin, es una película que merece la pena. Y sería eso, una pena, que por prejuicios, por pereza, o por lo que sea, te la perdieras. Yo ya la he visto, y volveré a verla, para interiorizarla, para saborearla de nuevo, para volver a reír, a llorar, y para, por qué no, tratar de fortalecer mi débil fe.

Seas creyente, agnóstico o ateo, te animo a acercarte al cine a conocer a la familia Arratibel. Quizá te lleves algo bonito a casa. Y si no, si no te gusta tanto como a mí (y como a los jurados que ya la han premiado)… sólo habrás perdido una hora de tu vida, que es lo que dura la película.

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III Premio Gavia Negra

Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro. Emily Dickinson.

Ayer, lunes 25 de septiembre, tuvo lugar la presentación de la novela “Contra Mundum”, en el café Libertad 8. En el mismo acto se hizo entrega a su autor, Alejandro Rubio Sánchez (o sea, a mí), del premio Gavia Negra. La encargada de entregar el premio fue la afamada actriz Arantxa de Juan.

El acto, presentado por el escritor y editor Javier Puebla, fue todo un éxito. En el local no cabía un alma, y los presentes agotaron por completo la primera edición de la novela. Javier puso en el escenario toda su genialidad, y la emotividad corrió a cargo del escritor premiado. Entre los dos hicieron magia, magia de la buena. A ello contribuyó el numeroso público, participativo, alegre, expectante, agradecido, muy agradecido.

En definitiva, una tarde-noche excepcional de la que todos disfrutamos como la ocasión lo merecía.

Quiero agradecer a todos los presentes la compañía y el calor que me brindaron en un momento tan especial para mí, y brindo con vosotros porque esta sea la primera de muchas.

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